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jueves, 28 de mayo de 2015

Ponga un poco de política de su vida y sea mucho más infeliz

Por mucho o poco que me guste, la política forma parte de nuestras vidas: influye en la forma en la que dirigimos nuestro camino, en la que escogemos a nuestros amigos, en la que vestimos y en la que hablamos. Creo que eso es bastante evidente. Sin embargo, creo que no sabemos integrarla correctamente. Es imposible no ver hasta qué punto llega a ser la semilla del odio más puro, pues la Historia tiene multitud de ejemplos al respecto. Pero sin necesidad de irnos a grandes cismas históricos, basta con verlo en nuestras propias familias y círculos de amigos. ¿O acaso no habéis tenido nunca una discusión acalorada por desavenencias de este tipo? Seguro que sí. Y a mí esto me agota. Me agota tanto que no tengo palabras para expresarlo. Sé que es absolutamente imposible, pero sueño con un momento político y social en el que no pensar exactamente lo mismo no sea motivo de insulto, pelea, temor, repulsa o desprestigio. Ojalá no hubiese que escuchar esos «hemos perdido» o «hemos ganado» que tanto detesto ni ser testigos de la irracionalidad que estas diferencias acarrean. Ojalá pudiéramos ponernos de acuerdo en unos puntos básicos que, si bien para mí no son más que condiciones primordiales para que todo el mundo tenga derecho a vivir dignamente esta única vida que tenemos, para otros son «ideas de extremistas radicales». No comprendo cómo puede haber abismos argumentales tan amplios ni cómo podemos llegar a ciertos extremos. Pero que no lo comprenda no quiere decir que no sea consciente de ellos. No sé por qué, si un partido gana unas elecciones, mis padres me llaman para alardear de una victoria y, si no lo hacen, no dan señales de vida en días, con miedo quizá a que yo haga lo mismo que hacen ellos. Me sorprende que a estas alturas de la película no me conozcan lo suficiente. Me sorprende que, aunque sea en broma, puedan llegar a darme los mismos calificativos que los medios de comunicación más podridos otorgan a los que no piensan como ellos. Me sorprende todo tanto y a la vez tan poco...

En fin. Se supone que debería estar contenta porque, según algunos dicen, «hemos ganado», aunque yo no creo haber ganado nada y aún queda muchísimo que cambiar. Supongo que tiene que ver con lo que comentaba hace unos días con un amigo sobre la «pureza» de la izquierda, que somos nuestros peores enemigos porque no admitimos nada que no sea moral y éticamente perfecto (según nuestros baremos, claro) y eso es imposible. Ahora, los idealistas como yo vivimos con miedo a que estos nuevos gobiernos se equivoquen en algo y eso dé pie a las recriminaciones y los «te lo dije» porque no basta con que las cosas cambien a mejor: necesitamos que todo el mundo esté de acuerdo con eso. Y ahí reside el problema, mi problema: en la paradoja de querer que todo el mundo esté de acuerdo sin estarlo. Ese el  motivo de que me ponga tan triste con estos temas y de que piense tan a menudo que lo mejor es irme a vivir lejos de todo y de todos. Es algo inalcanzable e imposible por definición. Solo tengo que aprender a vivir con ello, pero qué difícil es.

lunes, 20 de octubre de 2014

Feminismo

Después de este fin de semana me veo en la obligación de mojarme más de la cuenta y decir que, para mí, el feminismo no es meter en cada frase el "todas y todos" o el "compañeras y compañeros", como tampoco lo es obligar a que tenga que haber una cuota de X mujeres por cada X hombres para hacer algo y que, si no las hay, no se haga. Tampoco lo es que salga un hombre a hablar y diga "porque nosotras pensamos", incluyéndose en el femenino, ni que otro chico tenga que dejar de hacer algo que quiere y le gusta para cederle su puesto a una chica que a lo mejor, y solo a lo mejor, no quiere hacerlo.

Tampoco creo que el feminismo sea exigir una paridad absoluta en todo ni aceptar la discriminación positiva como algo bueno, ya que no deja de ser eso: una discriminación. Ni siquiera creo que el feminismo sea adoptar una postura sexualmente agresiva en la cama para dejar claro que no te pueden someter de ninguna forma.

Para mí, el feminismo es denunciar a esa empresa que larga a tu amiga por quedarse embarazada o a ese entrevistador que te pregunta si tienes pareja estable y si piensas tener hijos algún día. Feminismo es no ponerte camisetas de Playboy, darle puerta a ese chico que te dice que si no te lo depilas como si tuvieras 10 años no te lo come o ponerte un escote y pintarte los labios de rojo porque "still not asking for it". Feminismo es actuar con normalidad, viviendo y dejando vivir. Feminismo es emprender medidas contra quienes infravaloran a las mujeres solo por serlo y no porque sean mejores o peores empleadas o personas. Feminismo no es defender que seamos todos iguales: es actuar con la convicción de que lo somos.

Por eso no hay que confundir machismo o feminismo con educación: que te sujeten la puerta cuando vas cargada no es machismo, es educación; rechazar que te la aguanten aunque eso haga que se te caiga todo al suelo no es feminismo, es estupidez. Que te inviten a cenar no es machismo, es cariño; no dejar que te inviten nunca a cenar no es feminismo, es cabezonería, y dejar que te inviten siempre a todo es de aprovechados.

Ya me quedo más tranquila. Los abucheos, en los comentarios. Y por favor: nunca, NUNCA, utilicéis la "@" como letra inclusiva. Nunca. ¡Ni siquiera es una letra!

lunes, 13 de octubre de 2014

No sé qué título darle, así que dejémoslo en «otra reflexión más de la pesada esta»

Hoy, contando a las Pechos que he decidido poner fin a algo antes de que se me fuese de las manos por el cariz que estaban tomando las cosas y porque basta de repetir los mismos errores y de tener que curar las mismas heridas y de sentirse como una mierda y total, lo mismo de siempre y siempre para nada, una de ellas me ha comentado que conmigo siempre tiene la impresión de que no lo cuento todo, y me ha dado que pensar. Lo cierto es que verdad. Nunca le cuento la historia completa a nadie, solo partes aquí y allá, en parte porque no sé resumir bien y, aunque no lo parezca, no me gusta hablar mucho de mí porque no me gusta aburrir y, en parte, porque para poder comprender los motivos de muchas de las cosas que hago o pienso tendría que contar cosas sobre mí que no sé si quiero que la gente sepa. Básicamente, compartimento tanto la información que a veces es normal que nadie entienda nada y pase un poco por loca, lo cual tampoco es que esté muy alejado de la realidad. Es como aplicar el «cut-up» de Burroughs, pero en versión cutre. ;)

En fin, solo eso. Y que qué pena lo otro, pero estoy segura de que, cuando se me pase, me lo agradeceré a mí misma. O no, como siempre.

jueves, 22 de mayo de 2014

Ains

Los que me seguís en Twitter o tenéis la dudosa suerte de tenerme como contacto en Facebook sabéis que una de mis palabras preferidas para expresar mi estado de ánimo es «Ains».

Hoy es un día muy «ains». Un amigo me ha preguntado que cuál es el problema y le he contestado que pienso demasiado. ¿Nunca habéis tenido esa sensación? Porque a mí me pasa constantemente y, además, me cansa mucho. ¿Os habéis dado cuenta de la cantidad de cosas en las que hay que pensar todos y cada uno de los días que vivimos?

En el escaso medio minuto que he tardado en responderle se me han venido a la cabeza tantas de las cosas que llevo todo el día pensando en segundo plano que el verlas escritas me ha agobiado: que si los amigos (volver a un sitio nunca es fácil, siempre hay cosas que pulir y rutinas que recuperar, noticias que cambian sus vidas y, de paso, las tuyas, amistades que definir, relaciones que mejorar, otras que enterrar...), salud (que si me ha salido esto, que si debería mirarme lo otro, que si tengo que encontrar un deporte que me guste, que si hace años que no voy al ginecólogo, que si debería mirarme la piel), dinero (notengonotengonotengo y además nunca tendré el que necesito para vivir como me gustaría, viajando de aquí para allá sin pensar en si llego o no a final de mes), amor (por qué tengo que ir siempre a por lo más difícil, por qué no hago como la gente común, pongo los pies en el suelo y acepto a las personas tan maravillosas que quieren estar conmigo, por qué sigo buscando esa magia que nunca llega, que si lo hace, no dura y que, cuando acaba, te hunde en la mayor de las miserias, por qué no soy capaz de cerrar este cuento de nunca acabar, por qué siempre acabo cayendo en esta historia que no tiene ningún buen final para mí), el sexo (sin comentarios, porque para qué), el trabajo (¿me estabilizaré alguna vez? ¿Esto va a ser así siempre? ¿Cómo lo hace la gente para pagar una hipoteca si yo no puedo pagar ni un alquiler de menos de 300 €? ¿Debería cambiar de oficio aunque sea esto lo que me gusta?), la familia (por qué tengo siempre esta incómoda sensación de estar molestando, de que nunca me querrán como yo necesito, por qué la única persona que intenta darme eso es precisamente la única que no quiero que lo haga), los clientes (por qué serán algunos tan hijosdeputa, por qué le cuesta tanto a la gente hacer bien su trabajo), la política (¿seguro que debo votar a estos? ¿Y si me equivoco? ¿Se volverán como el resto si alguna vez llegan al poder? ¿Habrá un partido «mejor» al que votar? ¿Por qué no soy capaz de retener la información que leo en los programas o la prensa? ¿Por qué ya no hay políticos honrados? ¿Es porque, simplemente, no queda gente honrada? ¿Por qué nos tratan así?), o mi forma de actuar con unos y con otros (¿quién soy yo realmente? ¿Por qué actúo de formas tan distintas según con quién esté? ¿Soy la suma de todas esas caras?). Podría estar escribiendo hasta mañana.

Y estas son algunas de las cosas que encierra solo la «a» de mis «Ains». Algunas veces son más concretos, claro que sí, pero por ahí suelen ir los tiros. Y pasarte el día dándole vueltas a todo hace que, cuando intento hablar de un tema, no pueda terminar las frases y me quede callada como una pánfila; no porque no tenga nada que decir (con lo que me gusta hablar), sino porque son tantas las cosas, opciones e ideas que debo tener en cuenta para expresar una opinión que me supera la avalancha de pensamientos y opto por callarme. Y lo peor (porque aún puede ser peor) es que esto es solo la punta del alfiler.

¿Debería buscarme un terapeuta? ¿La Seguridad Social te cubre las enfermedades existenciales?

lunes, 5 de noviembre de 2012

El cabroncete que nos mantiene a salvo

He desarrollado lo que llamo "miedo a la entrada en blanco". Constantemente se me ocurren mil cosas que querría contar, pero llego aquí, abro la entrada y de repente no sé cómo empezar a decir nada, así que, después de muchas vueltas, la vuelvo a cerrar sin escribir nada.

Por otro lado, también tengo lo que llamo "miedo a que se haga realidad"; esto es, cuando no cuentas ni hablas de nada que temas (o desees) que pueda hacerse realidad. No tengo muy claro en qué momento empecé a hacer esto, pero sí que ya hace mucho que forma parte de mi día a día. Echo de menos los cafés de 4 horas con cualquier amigo en que nos contábamos hasta el detalle más nimio de nuestras vidas, desde la última bronca con nuestros padres hasta la sonrisa furtiva que Fulanito o Menganita nos echó hace un par de días y que es necesario estudiar y desgranar hasta dar con su significado oculto, porque siempre lo tenía.

Supongo que con el tiempo y la experiencia (obsérvese que no digo edad) nos volvemos más celosos de nuestras esperanzas y deseos, y van siendo tantos los varapalos en mayor o menor medida que cuando de repente algo nos ilusiona no queremos compartirlo con nadie por miedo a tener que dar explicaciones del tipo que sea en caso de que salga mal o, peor aún, que salga bien. Porque también eso da miedo.

Me encantaría poder decir que a partir de ahora voy a volver a escribir con frecuencia y que no voy a dejar que estos dos miedos me impidan compartir mis ilusiones, planes o temores, pero sé que no va a ser así. No obstante, y ya que habéis llegado hasta este punto de la entrada, os diré que algo de ilusión inesperada en forma de sonrisa sí que hay por ahí, aunque no quiero decirlo muy alto. Son tiempos difíciles y lo único que tenemos somos nosotros mismos, así que mejor cuidarnos solitos hasta que estemos seguros de que podemos (y queremos) dejarnos cuidar por otras personas. Al fin y al cabo, los miedos no son más que instinto de autoprotección y, para bien o para mal, este pequeño cabroncete es el que nos mantiene a salvo.


lunes, 2 de abril de 2012

miércoles, 7 de diciembre de 2011

El síndrome del desarraigo

Después de casi dos años siendo traductora autónoma mi padre sigue sin entender que lo que hago es un trabajo y que estoy aquí porque quiero. Cada vez que hablamos por teléfono me insiste en que tengo que decidirme por un sitio donde quedarme, que tengo que comenzar a acumular un patrimonio para mi jubilación y que si lo hago en Granada, además de ser más barato, cabría la posibilidad de que encontrase "un trabajo".

Aunque sé que mi padre es una persona inteligente y con los pies en la tierra, me temo que no se da cuenta de que ser traductor autónomo no es algo "temporal" (o al menos no es la idea) ni tampoco el capricho de la niña estos últimos años, sino el oficio que he elegido para vivir. Obviamente no soy tonta y si algún día surgiese otra buena oportunidad laboral la aceptaría, pero "buena" no siempre significa "más dinero". No quiero un trabajo en el que a cambio de 1800 € "fijos" me puteen como al que más. No, gracias, para eso ya me puteo yo sola.

En fin, y como un tema lleva a otro, al final acabó dándome su opinión de por qué estoy aquí, y agárrense: dice que tengo miedo al compromiso. Esto podría ser verdad en el caso de que tuviese algún compromiso del que huir, pero dado que no lo hay, ¿a qué se supone que le tengo miedo? Aunque en su momento fue de los primeros en animarme a que me viniese a Alemania de un tiempo a esta parte no deja de sugerirme que en Granada estaría mejor, que la vida sería más barata, que tendría el apoyo de la familia y los amigos, etc. A veces me pregunto en qué condiciones piensa que vivo aquí y si realmente cree que todo sería de color de rosa si estuviera allí, porque yo sé que no. Más bien serían color gris tirando a caca.

Me resulta duro decirlo, pero hace tiempo que dejé de sentir que mi lugar está allí. En realidad creo que no está en ningún sitio, aunque la experiencia me dice que todo aquel que pasa más de 2 o 3 años en el extranjero (me encanta esa palabra, el extranjero) adquiere este síndrome del desarraigo. De repente nada es tan bueno ni tan malo, te cansas de los sitios al cabo del año, al poco de llegar a un lugar ya estás pensando en irte a otro, siempre tienes la sensación de estar perdiéndote algo por estar aquí y no allí, echas de menos lo bueno de cada sitio y te agobia el no encontrarlo todo allá donde estés... Seguro que sabéis de lo que hablo.

A veces me pregunto si en realidad esto es una búsqueda imposible; al fin y al cabo, no busco nada concreto. O sí, quién sabe. Supongo que busco lo mismo que todos, un rincón en el que ser feliz, y supongo que es más fácil cuando sabes que tienes que encontrar ese rincón en un solo lugar. Pero el mundo es tan grande y hay tanto por ver y por hacer... ¿Es ese mi "destino"? ¿Dar vueltas por mil sitios sin poder parar en ninguno? ¿Podré vivir siempre de lo que me gusta hacer? ¿Seré la vieja de los gatos y sin un techo donde dormir? ¿Debería volver a "casa"? ¿Probar suerte en otro lugar? ¿Debería quedarme aquí?

Ya sé lo que estáis pensando: que la vida pone a cada uno donde tiene que estar, que no le dé vueltas, que decida sobre la marcha, que pensar en esto no merece la pena... Yo sí creo que es importante y también empiezo a cansarme de la sensación de descontento perpetuo, pero por desgracia no parece que exista ninguna solución mágica para estas cosas. Sí, tocará seguir esperando, seguir haciendo listas de pros y contras y seguir con la sensación de desarraigo hasta que un día la vida me ponga donde tenga que estar, hasta que deje de darle vueltas o hasta que decida sobre la marcha.

Sólo espero que ese día no tarde mucho en llegar.

martes, 18 de enero de 2011

Agrandando la brecha

No me apetece callarme más estas cosas.

Estoy cansada de no poder compartir mis aficiones con los que se supone que son mis amigos más cercanos. Estoy cansada de aguantar bromas sobre lo que me gusta o no me gusta hacer. Estoy cansada de callarme, de sonreír y de poner buena cara cuando luego me piden exactamente lo mismo que me critican. Estoy cansada de comentarios mordaces. Estoy cansada de algunos de mis amigos, y no os imagináis lo mucho que me cuesta reconocer eso, pero es así. No pido que compartan mis aficiones, que sean atentos ni que se muestren interesados en mi vida. Lo único que quiero es que, por lo menos, me dejen tranquila.

Y sí, los amigos están para hacer bromas, para picar de vez en cuando, para meterse fiestas, para salir a ligar, para hablar de sexo y para mil cosas más, por supuesto que sí, pero creo que ya nos conocemos todos lo suficiente como para saber de qué pie cojea cada uno, y siempre he dejado bastante claro el tipo de bromas que me hacen o no me hacen gracia. Y estas ya me ponen de los nervios. ¿Acaso me meto yo con cómo pasan su tiempo libre? ¿Los he insultado? Los he cortado cuando han venido a hablarme su última adquisición/proeza/anécdota/loquesea? No. Al contrario; aunque no me interese nada en absoluto, y aunque a veces me duela, les pregunto, les animo a que me hablen de ello e intento darles conversación. Les pregunto por el puto fútbol, por los putos videojuegos, por los putos deportes de montaña y por las putas noches de sexo con adolescentes. ¿Por qué? Porque me considero su amiga, y porque creo que los amigos están para algo más que para hacer bromas, para picar de vez en cuando, para meterse fiestas, para salir a ligar, para hablar de sexo y para mil cosas más.

Así que, ya que no les interesa una mierda, al menos podrían tratar de ocultarlo. A mí, la verdad, es que tampoco me apetece una mierda hablarles de nada.

lunes, 17 de enero de 2011

Et voilà!

Una de mis muchas preocupaciones de estos meses es mi vida como autónoma, y hace unas semanas parecía que empezaba a peligrar. La situación era la siguiente: uno de mis principales (muy principales) clientes parece que va a cerrar, y todavía me debe mucho dinero. Ese dinero es vital para:

- pagar el IVA y mi cuota de autónomo y
- pagar la declaración de la renta que este año hago por partida doble en España y Portugal, país en que por cierto me van a crujir.

Además, no sólo se trata del dinero atrasado, sino del dinero futuro, porque de repente me quedaba un hueco bastante grande que no sabía si iba a poder rellenar. Y si a eso le sumamos mis planes de irme a Berlín, planes para los que obviamente necesito bastante dinero (viajes, fianzas, alquiler, gastos de una casa), os imagináis cómo me sentía: todos mis planes e ilusiones de los últimos tiempos a la mierda, y de nuevo atrapada en un sitio del que necesito salir, o al menos un tiempo.

El caso es que acabé mal (anímicamente hablando) el mes de diciembre, y empecé el mes de enero con mucho miedo: miedo a no encontrar nuevos clientes, a no ganar dinero, a no poder irme, a que todo me salga mal... Y de repente, hoy, tras aceptar un trabajo bastante grande para lo que queda de mes, me he puesto a hacer cuentas y voilà! Al final va a resultar que este mes va a ser de los que mayor rendimiento económico me aporten, con nuevos clientes, nuevos (y mejores) precios, nuevos proyectos y muchas ganas de seguir comiéndome el mundo.

Es cierto que aún no he encontrado piso en Berlín, pero algo me dice que no tardaré mucho en hacerlo. Casualidades de la vida hoy me ha escrito una amiga de la carrera para decirme que ella también planea irse, y no sé, me ha parecido cosa del karma. También es cierto que en el plano personal sigo teniendo muchos cabos sueltos que atar, pero todos sabemos que esos cabos no se atan en un día y que algunos necesitan la ayuda de otras personas para quedar bien fijados.

En fin, que no quiero decirlo muy alto, pero tal vez esto sea el principio de otro cambio, y esta vez, a mejor.

sábado, 15 de enero de 2011

La patraña del tiempo

"El tiempo cura toda las heridas".

Menuda patraña. El que inventó esa frase seguro que nunca tuvo ninguna herida que curar. Cuando pienso en los momentos más... dolorosos, o hirientes, de mi vida, por mucho tiempo que haya pasado sé que siguen estando ahí. Sí, es cierto que aprendes a convivir con ellos y a esquivarlos, pero de ahí a olvidarlos...

El caso es que cada vez que alguien dice eso me dan ganas de patearle la cabeza. En nuestro egoísmo hemos desarrollado infinitas maneras de dar puerta a situaciones, conversaciones o actos que puedan resultarnos incómodos, y para ello utilizamos hasta la saciedad una serie de frases tópicas que utilizamos de manera indiscriminada: "el tiempo todo lo cura", "todo llega", "la vida es así", "no se lo merece" (donde "lo" puede ser cualquier cosa), "pasa de ello", "no le des más vueltas"... En fin, no estoy muy inspirada, pero supongo que ya me entendéis. Y no penséis que yo no lo hago; buf, bonica soy. Desde que entré en esta fase de "me importa todo una mierda", creo que sólo me expreso con estas frases. Bueno, no sólo, pero simplemente estoy devolviendo lo que he recibido. Es triste, pero después de tantos años estando ahí para todos, invirtiendo tiempo, emociones y amistad con todos, este año me he encontrado con que, cuando yo lo he necesitado, nadie se ha acercado a preguntar de corazón el por qué de todo. Nadie. Bueno, para ser fiel a la verdad diré que hace una semana tuve una conversación muy positiva por lo sorprendente que fue con quien menos esperaba. Y quien menos esperaba sabía más sobre mí que yo misma. Y, curiosidades de la vida, una semana después he sido capaz de enfrentarme (con éxito relativo) a una de las situaciones que más me angustiaban.

En fin, que esto no es una llamada de socorro, ni muchísimo menos, sino más bien una reflexión condicionada por mi estado de ánimo sobre lo egoístas que nos hemos vuelto todos. En realidad, esta racha me está ayudando mucho a ver la verdadera cara del mundo, a entenderla y a adaptarme. Sé cómo no quiero ser y sé cómo no quiero que sea la gente que me rodee. Ahora sólo me falta conseguirlo.

Y para eso, sólo necesito tiempo...

domingo, 19 de septiembre de 2010

El post del domingo

Me encantaría poder escribir un post interesante, pero es que últimamente sólo me apetece quejarme, y como las cosas que más me preocupan son aquellas de las que me niego a hablar con nadie, el resultado es esto, una mierda.

Feliz domingo.

martes, 14 de septiembre de 2010

Berenjena 1- 0 Alemanita

De esto que tienes la sensación (y la certeza, aunque no lo quieras ver) de que la estás cagando, de que esto no va a traer nada bueno (o no todo lo bueno que te gustaría), y de que por alguna razón tampoco puedes aclararlo como te gustaría.

Si es que esto me pasa por meterme en estos berenjenales...

jueves, 5 de agosto de 2010

El peso de la edad

Para los que no lo sepáis, hace una semana cumplí los 27. Qué edad tan bonita, blablabla, ya casi en los 30, blablabla. Que sí. Pues llevo una semana diciendo que si no me ha sentado muy bien, que si me siento mayor y que si voy a empezar a quitarme años, y todo el mundo se ríe y te dice "baaah, qué tonta, si estás muy bien". Bien, pues anoche me llevé el primer jarro de agua fría de mi vida con este tema.

Estábamos en nuestro bar de siempre, poniéndonos ciegos a base de alcohol para no perder la costumbre, cuando apareció un moreno lindísimo al que ya tenía fichado de antes. Nos pasamos la noche de miraditas, sonrisas y demás, en plan ligoteo sutil, hasta que una de las veces que fui al baño me lo encontré en la puerta. Me paró y empezamos a hablar, y yo nerviosísima porque al otro lado estaban mis amigos y un muchacho que me hace gracia últimamente. Bueno, pues eso, que yo nerviosa, él nervioso, mis amigos que no paraban de entrar, unos al baño y otros a buscarme... Difíciles circunstancias para mantener una conversación. Y de repente, como la cosa más normal del mundo, me pregunta: "¿Y cuántos años tienes"?

En mi cerebro se disparó una alarma. En los escasos instantes que tardé en responderle se me pasaron por la cabeza mil ideas: que si me quito años, que si jugamos a que lo adivine y me quedo con la segunda opción, que si se lo digo, que si no... Al final opté por ser normal y decirle la verdad: "Pues cumplí los 27 la semana pasada". De repente me mira a los ojos y me suelta: "Ah, pues eres algo mayor que yo, ¿no? Es que acabo de cumplir los 25".

Me dieron ganas de matarlo. La poca labia que tenía se me fue. El chaval se dio cuenta e intentó arreglarlo. Básicamente quería que nos liáramos allí, pero no estaba dispuesta a ser la comidilla de la noche (aunque luego lo fui por otros motivos). Nos dimos los teléfonos, nos besamos y salí corriendo.

Queridos hombres del mundo: si una noche salís con la intención de ligaros a una chica, le preguntáis la edad y es mayor que vosotros, NO REACCIONÉIS ASÍ. Poneos más años, quitároslos, haced lo que queráis, pero no soltéis esas frases, por favor.

Y si esto es así a los 27, ¿cómo será a los 30?

Se dejaba llevar

De esto que la cagas un montón y sólo quieres un oscuro agujero en el que esconderte durante el resto de tu vida y de repente te dan la mano y tú no entiendes nada.

Era más fácil cuando me dejaba llevar.

martes, 22 de junio de 2010

El egoísmo de la velocidad

Somos tan complicados...

La verdad es que cuanto más conozco a la gente y a mí misma, más segura estoy de que no nos matamos los unos a los otros (todavía más) por meras convenciones sociales (bueno, y por no ir a la cárcel, desde luego). Con lo sencillo que sería ser sinceros los unos con los otros, aunque doliera, y evitarnos así todo lo que viene después... Pero bueno, que esto no lo digo por nada en especial; no quiero matar a nadie, no tengo ningún problema serio con (casi) nadie y estoy relativamente contenta con mi vida.

El caso es que hoy no he podido evitar pensar en lo mucho que hablo y lo poco que digo. Por decirlo de una forma resumida, vaya. Hay mil cosas que me corroen por dentro y que me encantaría poder gritar, pedir consejo y desahogarme, pero no me resulta nada fácil. Y repito, no será porque no hablo. Supongo que me he acostumbrado a pensar que en realidad son tonterías que no le interesan a nadie excepto a mí (como en realidad son), y que tener que explicarlo todo desde un principio y bien sería demasiado complicado, así que con un par de frases esquivo el tema y vuelvo al modo pasivo. Supongo que si viviera en EE. UU. y tuviera pasta sería adicta a los psicoanalistas, pero por suerte o por desgracia no tengo un duro, así que eso que me ahorro.

Pienso que, cada vez más, vivimos en un mundo que va demasiado rápido. Todos los días pasan mil cosas en el trabajo, con tu pareja, con tu familia, con el mundo, contigo, y cuando quieres pararte a analizar alguna te das cuenta de que eso que tanto te ha preocupado hoy mañana no será nada comparado con otra cosa. Y así continuamente. Y me pregunto, ¿hasta dónde podremos soportarlo? Por supuesto que todos nos adaptamos rápidamente a todo, pero, ¿es eso sano? ¿Contamos realmente con gente con la que poder "desperdiciar" nuestro precioso tiempo para pararnos a compartir nimiedades? Y todavía más importante: ¿estamos seguros de que son nimiedades?

No sé, tal vez simplemente sea que soy una quejica camino de la bipolaridad (otro día hablamos de eso) y que veo problemas allí donde realmente no los hay. Pero el caso es que a veces no puedo evitar pensar que no, que tengo razón, que nos hemos convertido en unos egoístas que no ven más allá de su propia nariz y que no nos preocupa nada que no seamos nosotros.

En fin. Que echaba de menos hablar mínimamente de mí con alguien. Así, tal cual. De MÍ.

sábado, 19 de junio de 2010

Polvo Vs. Sexo

Hace tiempo que vivimos en una sociedad de comida, emociones y actividades rápidas; lo queremos todo, y tiene que ser ya. Poco a poco se van perdiendo ciertas (buenas) costumbres, como las sobremesas, los cafés de dos horas o lo que más me preocupa actualmente: el sexo.

Cada vez son más las parejas (establecidas o esporádicas) que se pasan a la religión del polvo, o sea, la del desahogo rápido, pero, ¿qué pasa con el sexo? Creo que nos estamos olvidando de lo que realmente eso representa, y la verdad, es una pena. Tal vez sea sólo mi experiencia y la de las personas con las que he hablado de esto, pero, ¿cuándo fue la última vez que dedicasteis más de una hora en practicar sexo (en toda su expresión) con alguien? Y con ello no me refiero a un polvo de llegar, calentar, meter, sacar y acabar. ¿Qué fue de las tardes perdidas en una cama? ¿Qué fue de los juegos antes y durante el sexo? ¿Qué pasó con aquello de crear ambientes propicios, de los tiempos que precedían a la primera caricia, del disfrutar del cuerpo de la otra persona sin enfocarse en un punto concreto? ¿Estamos tan ocupados que ya no tenemos tiempo para eso? ¿Se nos ha olvidado cómo se hace? A mí creo que sí.

¿Cuántos de vosotros habéis dicho que no porque al día siguiente teníais que madrugar? Y ojo, que lo entiendo. Simplemente pienso que igual que sacamos tiempo para trabajar, descansar, comprar, hacer deporte, salir, etc., deberíamos poder hacerlo también para el sexo.

Llamadme ilusa, pero no cambiaría las tardes de velas y cama que he pasado por toda las juergas del mundo, y estoy dispuesta a aplicarme e intentar recuperarlas; eso sí, tal vez debería ir pensando en buscarme una pareja sexual relativamente estable para ello, porque si ya es difícil encontrar tiempo para un sexo de calidad, mucho peor si no tienes pareja estable.

Pero ese es otro tema para otra ocasión...

viernes, 18 de junio de 2010

Eternamente hija

Lo siento por los que leáis esto, que no vais a sacar en claro más que un puñado de reproches y amarguras, pero tengo que escribirlo:

Papá, tengo casi 27 años, he vivido 3 años y medio en el extranjero y ahora estoy en tu casa simplemente porque no puedo permitirme irme a vivir por mi cuenta. Es jodido, lo sé, tanto para ti como para mí, y no dudes de que me esfuerzo muchísimo cada día por intentar mejorar mi situación, irme de aquí y buscarme mi propia vida. Pero tú tienes que dejar de tratarme como una niña chica. Entiendo que te jorobe que una noche llegue más tarde de la cuenta, pero a mí también me da por saco pasarme días sin pisar la calle y noches enteras sin dormir para ganar 4 duros que encima me pagan 3 meses después, y si lo hacen. Que me eches la bronca a estas alturas no tiene absolutamente ningún sentido; no puedo cambiarte, pero tú a mí tampoco. Así que por favor, aprende a confiar de una puñetera vez en mí o ignora mi presencia, pero no me recuerdes constantemente dónde estoy ni bajo qué reglas.

Eso es todo.

jueves, 3 de junio de 2010

A galopar - Paco Ibáñez y Rafael Alberti

Me vais a perdonar, pero llevo dos días escuchando a Paco Ibáñez y ya no puedo soportar la avalancha de recuerdos y sensaciones.

Para que comprendáis un poco lo que siento cuando escucho a este hombre, os dejo este vídeo mágico e irrepetible que siempre, siempre, absolutamente siempre que lo veo me hace llorar...

Reflexionad: personas como Alberti o Paco se pasaron o se han pasado su vida luchando por cosas como la libertad. ¿Y qué hemos echo con ella? Destrozar todo lo que significa, representa y defiende.

Ayer hablábamos de los líderes políticos europeos, de sus estudios y preparación, y una de mis amigas comentaba que si todos los políticos hubieran estudiado carreras de ciencias la política sería otra. Yo creo que no. Estoy convencida de que si hubiesen tenido una formación mínimamente humanista (ojo, que no digo de letras) y alguna vez en su vida hubieran entendido las palabras de todos los grandes poetas y escritores de la historia, tal vez nuestra situación sería distinta ahora. Si no se lucha por, para y con las personas, ¿de qué sirve el poder?

En fin, sin más dilación aquí os dejo el vídeo. Disfrutadlo.

viernes, 21 de mayo de 2010

Señoras que...

... se sueltan la lengua con dos copas y hablan más de lo que deberían y sorprendentemente no se sienten demasiado mal después.

Pues va a ser que esto de desahogarse hasta funciona.