jueves, 28 de mayo de 2015

Ponga un poco de política de su vida y sea mucho más infeliz

Por mucho o poco que me guste, la política forma parte de nuestras vidas: influye en la forma en la que dirigimos nuestro camino, en la que escogemos a nuestros amigos, en la que vestimos y en la que hablamos. Creo que eso es bastante evidente. Sin embargo, creo que no sabemos integrarla correctamente. Es imposible no ver hasta qué punto llega a ser la semilla del odio más puro, pues la Historia tiene multitud de ejemplos al respecto. Pero sin necesidad de irnos a grandes cismas históricos, basta con verlo en nuestras propias familias y círculos de amigos. ¿O acaso no habéis tenido nunca una discusión acalorada por desavenencias de este tipo? Seguro que sí. Y a mí esto me agota. Me agota tanto que no tengo palabras para expresarlo. Sé que es absolutamente imposible, pero sueño con un momento político y social en el que no pensar exactamente lo mismo no sea motivo de insulto, pelea, temor, repulsa o desprestigio. Ojalá no hubiese que escuchar esos «hemos perdido» o «hemos ganado» que tanto detesto ni ser testigos de la irracionalidad que estas diferencias acarrean. Ojalá pudiéramos ponernos de acuerdo en unos puntos básicos que, si bien para mí no son más que condiciones primordiales para que todo el mundo tenga derecho a vivir dignamente esta única vida que tenemos, para otros son «ideas de extremistas radicales». No comprendo cómo puede haber abismos argumentales tan amplios ni cómo podemos llegar a ciertos extremos. Pero que no lo comprenda no quiere decir que no sea consciente de ellos. No sé por qué, si un partido gana unas elecciones, mis padres me llaman para alardear de una victoria y, si no lo hacen, no dan señales de vida en días, con miedo quizá a que yo haga lo mismo que hacen ellos. Me sorprende que a estas alturas de la película no me conozcan lo suficiente. Me sorprende que, aunque sea en broma, puedan llegar a darme los mismos calificativos que los medios de comunicación más podridos otorgan a los que no piensan como ellos. Me sorprende todo tanto y a la vez tan poco...

En fin. Se supone que debería estar contenta porque, según algunos dicen, «hemos ganado», aunque yo no creo haber ganado nada y aún queda muchísimo que cambiar. Supongo que tiene que ver con lo que comentaba hace unos días con un amigo sobre la «pureza» de la izquierda, que somos nuestros peores enemigos porque no admitimos nada que no sea moral y éticamente perfecto (según nuestros baremos, claro) y eso es imposible. Ahora, los idealistas como yo vivimos con miedo a que estos nuevos gobiernos se equivoquen en algo y eso dé pie a las recriminaciones y los «te lo dije» porque no basta con que las cosas cambien a mejor: necesitamos que todo el mundo esté de acuerdo con eso. Y ahí reside el problema, mi problema: en la paradoja de querer que todo el mundo esté de acuerdo sin estarlo. Ese el  motivo de que me ponga tan triste con estos temas y de que piense tan a menudo que lo mejor es irme a vivir lejos de todo y de todos. Es algo inalcanzable e imposible por definición. Solo tengo que aprender a vivir con ello, pero qué difícil es.

domingo, 15 de febrero de 2015

San Valentín

Tranquilos, no voy a contar ninguna moñada, podéis seguir leyendo.

¿A vosotros este día no os despierta sentimientos encontrados? Porque a mí, muchísimos. Por un lado, todos somos más o menos conscientes de la comercialidad que encierra: las tiendas se llenan de corazones y de ofertas de colonias, bombones, flores y peluches, los restaurantes sacan sus menús especiales con una cutre cena de mierda en la que te ponen cuatro almejas y cuatro cosas con chocolate y te soplan un mínimo de 30 € por cabeza por utilizar adjetivos como «sensual» o «enamorados», e incluso las aerolíneas te venden la moto de billetes superbaratos para viajar por amor y olvidan rebajarte también la vuelta.

Pero por otro, a muchos de nosotros nos encanta que haya un día en el que ser ñoño no solo esté permitido, sino que, incluso, sea deseable. No sé en vuestros institutos, pero en los míos siempre se celebraba regalando flores a quien te gustaba o a los amigos que más querías y se aprovechaba para mandar cartas llenas de palabras bonitas y demás cursilerías. Y como a todos nos gustan estas cosas, siempre había acuerdos entre amigos para que todos recibieran algo bonito. A mí me encantaba llegar a casa con mi florecica y mis carticas de turno y secarla con todo el cariño y sentirme bien cada vez que la miraba.

Sin embargo, creo que la comercialidad excesiva se ha cargado la posibilidad de poder disfrutar de estas cosas sin sentir que estás participando en el Gran Plan Malvado del consumismo más innecesario. De hecho, me siento incluso culpable por pensar siquiera en todo esto. A mi entender, ahora mismo solo hay dos posturas aceptadas: o estás completamente a favor y participas del combo cena+regalo+polvete o estás completamente en contra y tienes que dejarlo patente criticándolo a saco. Bueno, o te callas y no dices nada ni a favor ni en contra porque, en realidad, no sabes ni lo que opinas.

¿Es posible pasar un 14 de febrero haciendo algo especialmente ñoño sin caer en este juego? Sí, estoy totalmente de acuerdo en que «todos los días son buenos para demostrarle a alguien lo que sientes», «no hay que esperar a que sea San Valentín para decirle que le quieres» y «todo esto no es más que un invento de El Corte Inglés», pero no sé... Será que para mí las fechas señaladas siempre han sido especiales por no haber vivido la mayoría de ellas como me habría gustado. Soy la típica persona que se emociona muchísimo con su cumpleaños o con el día de Reyes, pero que ha aprendido a guardárselo para sí misma y a no esperar nada porque nunca son como le gustaría o porque las veces que ha intentado hacer algo especial ha salido todo al revés de como «debía» ser. Pero ese es otro tema.

El caso es que no sé muy bien dónde me deja esto. ¿Por qué no me pasa lo mismo con, por ejemplo, el día del orgullo friki? ¿O con el día de Pi? ¿O el de la mujer trabajadora? ¿O el del cáncer de mama? ¿O el día de Andalucía? ¿O el de la paz? Ya, no es lo mismo y probablemente esté mezclando churras con merinas y lo mejor sería que no hubiese días de nada o yo qué sé, pero... ¿por qué me siento culpable por pensar que me parece bonito que haya un día marcado en el calendario para recordar algo tan tierno como puede ser el Amor, así, en mayúscula, como concepto? A lo mejor el problema es la forma en que se enfoca, el deber de demostrar públicamente lo que sientes o dejas de sentir por TU pareja gastándote esos 30 € (bueno, 60 €) que comentaba antes en esa cena de mierda con una rosa roja que te ha costado 6 € solo por ser San Valentín y que mañana estará a 3 € porque se marchita. A lo mejor, y solo a lo mejor, si dejáramos de enfocarlo como un día para dos con un guión establecido, podríamos disfrutarlo más.

Y por si os lo preguntáis, yo lo pasé viendo un partido de hockey sobre hielo (mi nueva pasión) en directo con un amigo y cenando chino en mi casa tan ricamente. Vale, también es cierto que #erniño no está aquí ni yo estoy allí, pero aunque hubiésemos estado juntos, no habría cambiado nada de ese plan. Probablemente habría tenido algún detalle ñoño porque cada vez me doy más cuenta de lo reprimidamente cursi que soy, pero ¿y lo romántico que es ver a doce tíos intentando abrirse la cabeza con un palo de hockey. :D

domingo, 9 de noviembre de 2014

Er niño. Primera parte.

[DISCLAIMER: este post es ñoño, muy ñoño; probablemente, el más ñoño que este blog ha visto hasta la fecha. Si tenéis problemas de hiperglucemia, no sigáis].

Quien tiene un amigo, tiene un tesoro. Esto es así. Pero si, encima, tu amigo (o amiga, en este caso) te conoce mejor que nadie en el mundo porque tiene la rara habilidad de leerte el pensamiento, el corazón, los ojos y todo lo legible, el tesoro pasa a ser el primer premio de la lotería. De repente, tu amiga decide casarse, cosa que te agrada enormemente porque sabes que no va a ser una boda cualquiera, porque ellos no son una pareja cualquiera y porque la gente que va a asistir tampoco va a ser, ni de lejos, gente cualquiera. Así que nada, allá que vas tú dispuesta a pasar unos días de fiesta y risa en compañía de personas muy especiales y a las que adoras y lejos de toda la basura emocional que te rodea en tu entorno.

Luego está «el temita». Ya sabéis, lo típico de «¿pues te acuerdas de mi amigo X, este del que te he hablado muchas veces porque blablabla? Pues también viene a la boda y sé que te va a encantar». Y claro, pues tú te ríes porque, en tu condición de soltera empedernida, ya te sabes muy bien la historia esta de que, a cada boda o evento al que vas, siempre haya alguien que te quiere presentar a algún amigo porque seguroqueosgustáis o yaveráscomoteencanta o aprovechatúquepuedes o esquenoentiendoporquésiguessoltera. Pero bueno, a nadie le amarga un dulce y, si de entre todas las personas del mundo es esta amiga quien te lo dice, es muy probable que tenga razón y que, al menos, te agrade. Otra cosa es pasarse de optimista y pensar que pueda pasar también al revés, pero bueno, en las bodas se bebe mucho y engañar a alguien una noche a base de pedir GinTonics y desplegar encantos no suele ser muy difícil si no hay mucha competencia.

La noche previa a la boda quedamos todos para ponernos al día, esto es, los novios, los que venían de un sitio, los que venían de otro, este chico y yo, y todo muy bien. Pensé: «pues es muy mono, la verdad, y encima con pelazo, ¿qué más se puede pedir?», y al día siguiente, día de la boda, nos fuimos de vinos a mediodía mientras los demás se iban reagrupando. Era la primera vez que nos veíamos a solas y yo pensaba: «bueno, si nos llevamos bien, igual esta noche podemos pasar un buen rato». Pero claro, no contaba con que nos pudiéramos llevar tan bien. Enseguida salieron todos los temas que pueden resultar más peliagudos: política, sociedad, cultura... y todo muy bien. Más vinos, más croquetas, más gente y, por fin, la boda.

Al principio, todo muy loco, muchas prisas, mucho estrés: que este no llega, que me falta la otra, que haz fotos, que cómo se va aquí y cómo se va allí... Apenas tenía tiempo de centrarme en lo obvio, así que tuve que conformarme con observarlo desde la barrera e ir pensando que cada vez me gustaba más. Curiosamente (aunque ya no lo veo tan curioso), siempre acabábamos juntos o, al menos, cerca, y cuando más tiempo pasaba, más rara era la sensación de que... de que estaba todo hecho. Suena creído, pero es la verdad. Me daba igual no estar hablando con él o que lo hiciese con otras personas porque, en el fondo, tenía la impresión de que ya no importaba.

Mientras tanto, mi amiga lotería no había dejado nada al azar y lo había dispuesto todo para que, durante la cena, nos sentáramos prácticamente uno frente al otro. De vez en cuando lo observaba a hurtadillas mientras hablaba con otra gente y, cuando me pillaba haciéndolo, abría mucho los ojos, como sorprendido, y me aguantaba la mirada hasta que uno de los dos cedía. Todo muy sutil, o eso pensaba yo, aunque por lo visto no lo fue tanto. También la novia me hablaba con la mirada, que en eso ella y yo nos entendemos a la perfección, y me decía cosas como: «aaay, que te pillado, que te crees que no me estoy dando cuenta de todo y te huelo a la legua». Lo dicho, todo muy sutil, como es normal en mí. Ja, ja, ja.

Llegan la fiesta, los bailes, la música, las fotos, el karaoke, las copas... Cada vez te acercas más, ya no hay necesidad de esconderse, pero tampoco necesitas que pase nada, lo cual es bastante extraño en mí. Llegan los roces casuales, los no casuales, las manos que se apoyan en un hombro o las que te rodean la cintura. No hace falta más. Es curioso porque, en otras circunstancias, me lo habría llevado a la calle, al baño o a cualquier sitio y habría dejado muy clara mi postura, pero algo me decía que, esta vez, no era la forma.

Fin de fiesta, toca volver al hostal. Subimos al autobús y todavía me pregunto si se sentará conmigo, que una tiene sus intuiciones, pero también sus inseguridades. Entendedme, no estoy acostumbrada a que los niños que me gustan de verdad me hagan caso salvo en contadas ocasiones que, además, no suelen acabar muy bien para mí, y dado que este niño era algo especial, no las tenía todas conmigo. Pero sí, se sentó. Se sentó y, notar constantemente su cuerpo a mi lado, me volvía loca. La gente no paraba de hablarnos y yo pensaba: «callaros todos, no nos habléis, dejadnos en paz, no puedo más». Entonces, y para mi sorpresa, me sorprendí haciendo algo que no hacía desde... ni lo sé; en realidad, ni siquiera sé si lo he hecho voluntariamente alguna vez porque casi todos los chicos con los que he estado han sido reacios a ello: sin ni siquiera pensarlo, le cogí la mano. Así, sin más, con toda la infantilidad y las enormes posibilidades de que te tachen de loca que eso conlleva. No me salía otra cosa, quería cogerle la mano. Y, al parecer, él también, porque me miró con unos ojos de nuevo muy abiertos y con una intensidad con la que poca gente me ha mirado nunca. Y así seguimos, jugando a entrelazar los dedos hasta que, por fin, en el mundo a nuestro alrededor se hizo el silencio y pudimos concentrarnos en nosotros.

Decir que nos besamos sería decir poco, pero de cara al exterior fue eso lo que hicimos. Nos besamos como los adolescentes que se besan por primera vez y como las parejas que llevan 20 años haciéndolo y conocen cada movimiento y cada roce de los labios del otro, todo a la vez. Nos besamos con ternura, con ansia y con sorpresa. Nos besamos hasta llegar a Málaga, nos besamos al bajar del autobús, nos besamos hasta perder al resto del grupo, nos besamos en cada calle, portal, persiana, muro o rincón que encontramos desde la Alameda hasta el hostal. La gente nos decía cosas, pero apenas los oíamos. Qué más daba. La conexión ya había saltado, ya no había vuelta atrás. Nos separamos un segundo para mirarnos y me preguntó: «Pero ¿quién eres tú? ¿De dónde has salido? ¿Dónde has estado?», y me di cuenta de que yo podría hacerle las mismas preguntas pero que, en realidad, me daban igual las respuestas. Todo lo vivido hasta entonces había merecido la pena solo por ese momento.

Por fin llegamos al hostal, aunque tardamos otra eternidad en subir. Ya en mi habitación me quitó el collar que llevaba con tanta delicadeza que casi lloro. Nos besamos durante horas, días o minutos, no lo sé, hasta que se hizo de día, y todavía seguimos haciéndolo después. Dormimos y nos besábamos durmiendo. Despertamos y nos besábamos. Desayunamos y nos besábamos. Nos besayunábamos, como dicen los poetas. Sabíamos que nos quedaban muy pocas horas y había que aprovecharlas.

Finalmente llegó la hora de hacer las maletas y dejar el hostal. Lo acompañé a la estación de metro sin saber muy bien qué vendría ahora, qué se supone que debía hacer. Me dijo que en Barcelona hay un sitio muy poco conocido y que seguro que nunca había oído hablar de él llamado «La Sagrada Familia» que, si bien sigue sin terminar, de vez en cuando le ponen una nueva piedra y es obligatorio ir a verla. Me dijo que debería ir cuanto antes, que no podía perderme eso, y no pude hacer otra cosa que reírme. Barcelona, la ciudad que me rompió el corazón, me daba otra oportunidad. ¿Estaría dispuesta a aprovecharla?

Hoy hace 8 días que lo dejé en aquella estación de metro y dentro de dos más sale mi vuelo. Esta semana ha sido una de las mejores de mi vida y no cambiaría cada mensaje, llamada ni correo por nada del mundo. No sé lo que pasará cuando aterrice ni cuando vuelva. No sé si saldrá bien, mal o fatal. No sé si nos romperemos el corazón o si nos curaremos las heridas el uno al otro. Al principio no quería escribir nada hasta saber a dónde lleva esto, pero después pensé que debía hacerlo; así, si sale bien, siempre podré decir que «yo ya lo sabía» y que la magia, esa magia que yo busco, existe, y si sale mal, tendré esto para recordarme que no podíamos saberlo, que no ha sido culpa de nadie y que, al menos, el camino vivido, ha merecido la pena. Un buen recuerdo, supongo. O no. La verdad es que no lo sé, aunque tengo la sensación de que podría ser el fin del camino. O, como me decía la otra noche una amiga, «al menos, de momento». Así siempre dejas una puerta psicológica abierta por la que poder huir si las cosas se desmoronan.

Pero no quiero que el final de este post refleje eso y de ahí el título que le he dado, «primera parte», porque si la segunda resulta ser triste y dramática, no quiero que enturbie la historia vivida hasta ahora. Ahora mismo todo es pura ilusión, alegría y, por qué no decirlo, amor. Me paso el día con la lágrima saltada de pura felicidad. Se me olvida comer, dormir y, a veces, hasta respirar. La cuenta atrás hasta el día del vuelo está siendo un infierno, pero la recompensa que creo que nos espera hace que valga la pena. Y poco más.

Deseadme mucha suerte, que creo que, después de tantas heridas y tanto drama, ya me va tocando disfrutar un poco con alguien que no quiera cambiarme, que le guste tal y como soy, que me cuide y, sobre todo, me respete. Y, hasta el momento, «er niño» parece saberse el manual a la perfección.

Let the love begin, bitches!

lunes, 20 de octubre de 2014

Feminismo

Después de este fin de semana me veo en la obligación de mojarme más de la cuenta y decir que, para mí, el feminismo no es meter en cada frase el "todas y todos" o el "compañeras y compañeros", como tampoco lo es obligar a que tenga que haber una cuota de X mujeres por cada X hombres para hacer algo y que, si no las hay, no se haga. Tampoco lo es que salga un hombre a hablar y diga "porque nosotras pensamos", incluyéndose en el femenino, ni que otro chico tenga que dejar de hacer algo que quiere y le gusta para cederle su puesto a una chica que a lo mejor, y solo a lo mejor, no quiere hacerlo.

Tampoco creo que el feminismo sea exigir una paridad absoluta en todo ni aceptar la discriminación positiva como algo bueno, ya que no deja de ser eso: una discriminación. Ni siquiera creo que el feminismo sea adoptar una postura sexualmente agresiva en la cama para dejar claro que no te pueden someter de ninguna forma.

Para mí, el feminismo es denunciar a esa empresa que larga a tu amiga por quedarse embarazada o a ese entrevistador que te pregunta si tienes pareja estable y si piensas tener hijos algún día. Feminismo es no ponerte camisetas de Playboy, darle puerta a ese chico que te dice que si no te lo depilas como si tuvieras 10 años no te lo come o ponerte un escote y pintarte los labios de rojo porque "still not asking for it". Feminismo es actuar con normalidad, viviendo y dejando vivir. Feminismo es emprender medidas contra quienes infravaloran a las mujeres solo por serlo y no porque sean mejores o peores empleadas o personas. Feminismo no es defender que seamos todos iguales: es actuar con la convicción de que lo somos.

Por eso no hay que confundir machismo o feminismo con educación: que te sujeten la puerta cuando vas cargada no es machismo, es educación; rechazar que te la aguanten aunque eso haga que se te caiga todo al suelo no es feminismo, es estupidez. Que te inviten a cenar no es machismo, es cariño; no dejar que te inviten nunca a cenar no es feminismo, es cabezonería, y dejar que te inviten siempre a todo es de aprovechados.

Ya me quedo más tranquila. Los abucheos, en los comentarios. Y por favor: nunca, NUNCA, utilicéis la "@" como letra inclusiva. Nunca. ¡Ni siquiera es una letra!

lunes, 13 de octubre de 2014

No sé qué título darle, así que dejémoslo en «otra reflexión más de la pesada esta»

Hoy, contando a las Pechos que he decidido poner fin a algo antes de que se me fuese de las manos por el cariz que estaban tomando las cosas y porque basta de repetir los mismos errores y de tener que curar las mismas heridas y de sentirse como una mierda y total, lo mismo de siempre y siempre para nada, una de ellas me ha comentado que conmigo siempre tiene la impresión de que no lo cuento todo, y me ha dado que pensar. Lo cierto es que verdad. Nunca le cuento la historia completa a nadie, solo partes aquí y allá, en parte porque no sé resumir bien y, aunque no lo parezca, no me gusta hablar mucho de mí porque no me gusta aburrir y, en parte, porque para poder comprender los motivos de muchas de las cosas que hago o pienso tendría que contar cosas sobre mí que no sé si quiero que la gente sepa. Básicamente, compartimento tanto la información que a veces es normal que nadie entienda nada y pase un poco por loca, lo cual tampoco es que esté muy alejado de la realidad. Es como aplicar el «cut-up» de Burroughs, pero en versión cutre. ;)

En fin, solo eso. Y que qué pena lo otro, pero estoy segura de que, cuando se me pase, me lo agradeceré a mí misma. O no, como siempre.

martes, 9 de septiembre de 2014

El cielo es el límite

O eso pensaba yo, hasta que hace unos días (llamémoslos X), tuve el escarceo más inesperado de toda mi (no muy) santa vida. Normalmente no cuento cosas muy explícitas, pero me vais a permitir que comente esto algo por encima.

¿Sabéis esas personas a las que consideráis algo así como seres etéreos que deberían ser Patrimonio de la Humanidad por lo bellos que os parecen en todos los sentidos? ¿Personas que no solo son enormemente atractivas, sino que además son agradables, simpáticas, divertidas y todos los demás adjetivos positivos que se os ocurran? Pues esa era (y sigue siendo) mi opinión respecto a esta persona. Obviamente es algo subjetivo, claro está, pero intento que os pongáis en mi pellejo.

Aunque nos conocemos desde hace algunos años, jamás se me había pasado por la cabeza la idea de... nada. Bueno, a ver, todos somos humanos y tenemos fantasías, pero nada más allá de «¿te imaginas si...?». En parte creo que por eso he disfrutado tanto todas las veces que hemos estado por ahí de cervezas, porque al no ser un objetivo, no hay tensión, solo admiración. Por eso no me resultó raro quedarme a solas con él, beber hasta decir basta ni empezar lo que para mí era un contacto físico fruto de la confianza y no del tonteo. De verdad que no. Tampoco le di ninguna importancia a que no me dejase irme de su casa cada vez que me levantaba para intentar llegar a la mía, solo pensaba que tenía más ganas de fiesta y que no veas qué aguante. Ni a que las conversaciones fueran derivando, porque no era nada de lo que no hubiéramos hablado en grupo mucho antes. Ni a que me pusiera las piernas encima para que no me levantase y acabase buscándole las cosquillas, porque a quién no le gusta un poco de sobeteo. Ni a que me acabase agarrando para sentarme encima de él, porque total, con el poco equilibrio que yo tengo y lo torpe que soy, seguro que estuve a punto de caerme y ni me di cuenta. Solo cuando me besó fue cuando mi cerebro me dijo: «uy, ¿qué es esto? Se habrá equivocado, pobretico, qué pedal debe llevar». Porque, señores, eso fue exactamente lo que pensé.

Después de eso me quedé un poco parada, se rió y me dijo que si ya no tenía tantas ganas de irme. Sinceramente, no sé ni qué contesté, porque mi nivel de confusión era mayúsculo. Así que nada, llenamos las copas y el resto me lo guardo para mí en ese rinconcito especial donde atesoras las mejores sorpresas de tu vida.

No hemos vuelto a vernos, ya coincidiremos en algún momento dentro de algún tiempo y todo seguirá igual, estoy segura. Sigo pensando que es una persona increíble y que todas las mujeres del mundo (y quizá algunos hombres) deberían tener la oportunidad de pasar una noche con él, así que, con vuestro permiso, voy a seguir sintiéndome enormemente afortunada y a asumir que mi nivel de molamiento ha experimentado un ascenso meteórico que, si bien no tardará en empezar a caer, al menos le ha puesto un broche de oro a mi verano.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Aura limpia, aura feliz

Este año, para celebrar mi cumpleaños, decidí seguir la «tradición» que empecé el año pasado de irme a pasar el día a la playa, solo que esta vez en vez de uno fueron 3 y en vez de a Salobreña me fui al Barronal, una fantástica playa nudista de Almería. El caso es que allí conocí a un señor naturista que, si bien estaba un poco zumbado, se le veía bastante feliz. Este señor me contaba que llevaba años viniendo a esa playa porque era un rincón muy especial del mundo, de esos que te recargan las pilas, te quitan todo lo malo y te llenan de energía de positiva. Bueno, esto es con mis palabras, que con las suyas más bien «te limpia el aura y te la deja llena de colores brillantes y bonitos». Me contaba que lo había comprobado porque todos los años, antes de venir y al volver a casa se hacía una foto de su aura y la diferencia era pasmosa. En fin.

El caso es que, aura o no aura, los días que pasé allí sola conmigo misma me sirvieron para reflexionar mucho sobre todo y, sin apenas darme cuenta, me he liberado de un montón de lastre que llevaba por ahí enganchado. Todo esto se está reflejando muy poquito a poco en un montón de cosas nuevas que agosto me está regalando: nuevas actividades e inquietudes, conciertos, paseos, amigos «coloridos» con los que retomas cierto contacto, regalos estupendos (novelas gráficas, barras de labios, fotos, postales, frikadillas de Doctor Who o Star Trek...) y, sobre todo, gente nueva. Más concretamente, hombres nuevos salidos prácticamente de la nada que, de repente, te proponen actividades que te encantan o te acompañan a otras en las que coincidís por determinados intereses. Y lo mejor de estos es que, si bien es cierto que alguno que otro me hace su «tilín», eso no es lo importante. No me malinterpretéis, a todos nos gusta un rollete o un «lo que surja», pero ¿y qué más da que no pase? Lo único que quiero ahora son cambios, movimiento, alegría y nuevas experiencias. Necesito romper el círculo de la rutina de #pueblitobueno y encontrar cosas que me inspiren y me ayuden a encontrar mi sitio aquí. Y oye, si por el camino aparece algún voluntario con ganas de complicarme un poco la vida, que me acompañe un finde a limpiarnos el aura y, después, hablamos. O no. ;)